La denunciante había recibido una serie de comentarios ofensivos en una publicación de Facebook. Sabiendo que ese tipo de contenido se borra con facilidad —y a menudo se borra precisamente para que no quede constancia—, grabó con su propio dispositivo un vídeo de la pantalla mientras desplazaba el hilo de comentarios, mostrando quién los había escrito y qué decían. Cuando ese vídeo se aportó como prueba, la parte contraria alegó que podía haber sido montado: fotogramas recortados, comentarios insertados a posteriori, un montaje de capturas superpuestas. Nuestro encargo fue certificar si el vídeo era una grabación continua y auténtica, o si mostraba indicios de haber sido editado.
Por qué "parece real" no es suficiente
Un vídeo de este tipo se puede falsificar de formas muy distintas: grabando una serie de capturas de pantalla ya editadas y reproduciéndolas como si fuera un scroll en directo, cortando y empalmando varios clips reales para eliminar partes intermedias, o superponiendo texto añadido sobre una grabación auténtica. Cada una de esas manipulaciones deja un rastro distinto, así que ninguna técnica de análisis por sí sola cubre todos los escenarios posibles. Por eso, la certificación se planteó como una combinación de comprobaciones independientes que debían ser coherentes entre sí.
Las comprobaciones combinadas
- Integridad del contenedor de vídeo. Se analizó la estructura interna del archivo para comprobar que correspondía a una grabación continua de un único dispositivo y no al resultado de unir varios clips o reencodearlos con un editor de vídeo, lo que suele dejar huellas en la codificación.
- Segmentación y extracción de fotogramas. Se dividió el vídeo en sus fotogramas individuales para verificar que el desplazamiento del contenido en pantalla (el scroll por los comentarios) era fluido y progresivo, sin saltos, repeticiones o discontinuidades que delataran un corte o un montaje de imágenes fijas.
- Correlación de marcas de tiempo. Se contrastó la hora visible en la propia interfaz capturada (reloj del dispositivo, indicadores de notificación) con los metadatos internos del archivo de vídeo, comprobando que ambas fuentes de tiempo eran coherentes entre sí y con el momento en que el vídeo fue grabado.
- Documentación de la publicación en origen. Se verificó, de forma independiente al vídeo, que la publicación y los comentarios mostrados habían existido realmente en la red social: mediante evidencias de acceso directo antes de su eliminación, confirmando que el contenido grabado se correspondía con contenido efectivamente publicado y no con una página simulada o editada localmente.
Las cuatro comprobaciones resultaron coherentes entre sí: el archivo era una grabación continua de un único dispositivo, sin discontinuidades entre fotogramas, con marcas de tiempo consistentes, y el contenido grabado se correspondía con una publicación real y verificable en el momento de los hechos. Esa combinación —y no una sola prueba aislada— fue lo que permitió certificar la autenticidad del vídeo con el rigor necesario para un procedimiento judicial.
La lección del caso
Cuando la disputa gira en torno a si un vídeo es auténtico, buscar una única prueba "definitiva" suele ser un error: casi cualquier indicio aislado admite una explicación alternativa. La solidez de un dictamen pericial está, muchas veces, en la coincidencia de varias líneas de análisis independientes que apuntan todas en la misma dirección, y no en un único hallazgo espectacular.
Es el mismo principio que aplicamos al analizar los metadatos de una fotografía o un audio generado con inteligencia artificial aportados como prueba.